¿En manos de quién estamos?

Hoy quiero iniciar esta andadura con una pregunta que me ronda desde hace tiempo: ¿en manos de quién estamos?

No es una pregunta retórica ni una exageración nacida del cansancio. Es una inquietud profundamente política, humana y urgente. Porque cuando miramos alrededor, cuando observamos quién decide, quién influye, quién marca la agenda y quién termina pagando siempre las consecuencias, la respuesta resulta incómoda.

Vivimos en una sociedad que se presenta como libre, moderna y democrática, pero cada vez parece más evidente que muchas de las grandes decisiones no se toman pensando en la vida cotidiana de la gente común. No se toman pensando en quien no llega a fin de mes, en quien espera una cita médica durante meses, en quien cuida sin descanso, en quien trabaja demasiado por demasiado poco, en quien migra buscando una vida digna, en quien no tiene casa, en quien teme perder derechos que costaron décadas de lucha.

Demasiadas veces, el poder real parece estar en manos de quienes nunca pierden. De quienes acumulan riqueza mientras piden sacrificios al resto. De quienes hablan de libertad cuando quieren decir privilegio. De quienes convierten los derechos en mercancía, la vivienda en negocio, la salud en oportunidad de mercado y el planeta en una cuenta de resultados.

Y frente a eso, conviene decirlo claro: no todas las opiniones merecen el mismo lugar cuando unas defienden la dignidad humana y otras la niegan. No se puede blanquear el fascismo. No se puede normalizar el odio como si fuera una postura más dentro del debate público. No se puede fingir neutralidad cuando hay discursos que señalan a las personas vulnerables, criminalizan la pobreza, atacan a las mujeres, a las personas migrantes, a las personas LGTBIQ+, a quienes piensan distinto o a quienes simplemente existen fuera del molde que algunos quieren imponer.

La neutralidad, cuando los derechos humanos están en juego, suele ser una forma elegante de ponerse del lado del poder.

Este blog nace desde una posición clara: somos de izquierdas, defendemos los derechos humanos y no estamos aquí para maquillar la injusticia. No estamos aquí para aplaudir a las élites ni para repetir sus relatos. No estamos aquí para aceptar que la desigualdad es inevitable, que la explotación es progreso o que la crueldad es sentido común.

Porque lo que está en juego no es solo una discusión ideológica. Es el tipo de sociedad que queremos ser.

¿Queremos una sociedad donde unos pocos acumulen tanto poder que puedan condicionar gobiernos, medios, leyes y vidas? ¿Queremos aceptar que los lobbies tengan más capacidad de influencia que la ciudadanía organizada? ¿Queremos resignarnos a que la democracia se vacíe por dentro mientras se mantiene intacta por fuera, como una fachada bonita detrás de la cual mandan siempre los mismos?

Yo no quiero eso.

Quiero una sociedad donde la política vuelva a significar cuidado. Donde la economía esté al servicio de la vida y no al revés. Donde los derechos no dependan del código postal, del origen, del género, del dinero o de la suerte. Donde la riqueza no sea una excusa para comprar impunidad. Donde quienes sostienen el mundo sean escuchadas, reconocidas y protegidas.

No se trata de ingenuidad. Al contrario. La ingenuidad sería pensar que quienes se benefician de este sistema van a renunciar voluntariamente a sus privilegios. La historia demuestra que los derechos se conquistan, se defienden y, si nos descuidamos, también se pierden.

Por eso necesitamos memoria, organización y valentía. Necesitamos nombrar las cosas por lo que son. Necesitamos dejar de tratar como inevitables decisiones que son profundamente políticas. Necesitamos recordar que la desigualdad no cae del cielo: se fabrica. Que el miedo se alimenta. Que el odio se financia. Que la desinformación tiene dueños. Que la apatía también beneficia a alguien.

Y necesitamos, sobre todo, no perder la esperanza.

No una esperanza vacía, de frases bonitas y brazos cruzados. Sino una esperanza activa, incómoda, colectiva. La esperanza de quienes saben que otro mundo no solo es necesario, sino posible. La esperanza de quienes no aceptan que el futuro pertenezca a millonarios, fondos de inversión, lobbies y nostálgicos del autoritarismo. La esperanza de quienes todavía creen que la dignidad humana debe estar por encima del beneficio.

Este blog empieza aquí, con esa pregunta abierta: ¿hacia dónde vamos como sociedad si permitimos que el poder siga concentrado en manos de quienes solo luchan por conservar sus privilegios?

La respuesta no está escrita.

Y precisamente por eso merece la pena luchar.

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